22.4.13

"EL MURMULLO DE LAS IMÁGENES. IMAGINACIÓN, DOCUMENTAL Y SILENCIO". Reseña en la revista ARCHIVOS DE LA FILMOTECA nº 71, abril 2013.



El murmullo de las imágenes. Imaginación, documental y silencio
Josep M. Català Domenèch
Santander: [encuadre] Shangrila Textos Aparte, 2013.



Reseña de SHAILA GARCÍA CATALÁN
publicada en la revista


Leemos El murmullo de las imágenes. Imaginación, documental y silencio, y regresa aquella sensación que nos sobrevenía con el visionado de 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968): el texto nos va arrastrando por una narrativa más que sugerente que nos exige un esfuerzo de poesía. Ambos textos tienen un canon tremendamente particular que no ofrece ninguna concesión al lector. Eso sí, despliegan extensísimas zonas de placer. Josep M. Català divide su obra en cuatro partes que designa con contundencia: silencio, cosmos, imaginación y mente y cerebro —¿acaso estos no son temas basilares de la cinta de Kubrick? Sin embargo, esta estructura no responde tanto a un orden pragmático como poético, pues no tiene una intención de clasificar u ordenar ideas, sino de ir desdoblando una argumentación que se va afirmando lentamente.

Pese a que los significantes que nombran cada apartado pueden parecer pretenciosos e incluso precipitar cualquier retórica hacia el delirio, lo cierto es que el texto de Català es insistente en la justificación lógica de sus razonamientos. Estos hilvanan constantemente la reivindicación fundamental de libro: la de una visualidad silenciosa o un silencio visual como potencia decisiva de nuestra imaginación cultural. Para ello estudia la problemática y la dialéctica entre una serie de parejas teóricas constantes, no solo en la modernidad sino desde los albores de nuestra Historia: lo mítico y lo pretendidamente racional, lo vacío y lo lleno, lo sonoro y lo silencioso, lo ficcional y lo documental. Todo esto va construyendo un libro profundamente analítico en el que se hacen planes. El fundamental: proponer una suerte de teoría de la imaginación ligada a la imagen o, dicho de otro modo, construir una espera dedicada a un pensamiento que pueda brotar desde una estética de la visualidad.

Català urde esta tarea con una estrategia: la articulación de una suerte de fenomenología del silencio en su relación con la condición documental que puede emerger desde cualquier imagen. Con esto convoca el despertar del inconsciente iconográfico que privilegia las imágenes, durante tanto tiempo a la sombra de la palabra. Y es que, aunque la cultura [se] anida en la palabra, su aparición es más tardía que la de la imagen. De hecho, esta última nos arrastra a los mismísimos orígenes de un universo mudo: la luz nos invita a pensar una posible ontología del cosmos, en la medida en que este se erige con su visión. Esta argumentación, suspicaz y vertiginosa, atenta sobre la moderna premisa de Wittgenstein “de lo que no se puede hablar hay que callar”.

En su ensalzamiento de lo visual, Català hace un ejercicio de resistencia y nos salva de este enunciado inerte. Pues el silencio visual no es necesariamente mudo, está preñado de imaginación: allí donde enmudece la palabra, la imagen puede estar diciéndonos muchas cosas. Que esto es así, queda mostrado por las numerosas lecturas culturales que se presentan: la de los grabados de Martin Lewis, los escritos de W.G. Sebald, las pinturas de Goya, las fotografías de Lewis Hine, la música, la mirada voyeur, los dibujos documentales, El espíritu de la colmena, los científicos locos, las máscaras de un pueblo indígena al norte de Vancouver y las de los superhéroes, las utilizaciones políticas del mito de Bin laden, las asintónicas estadísticas futbolísticas, los encuentros “sorpresivos” en los platós de televisión o las pequeñas estéticas de la programación informática. Todo estos suponen tan solo un ramillete entre los múltiples ejemplos de los que el autor se sirve para disipar cualquier acusaciónn de caer en la veleidad filosófica -es decir, su pensamiento no es una ensoñación teórica, sino una hermanéutica que encuentra su aplicación en muchísimas manifestaciones culturales, que ustedes no volverán a juzgar igual tras la lectura del libro. Este se alza, pues, como un tratado contra lo obvio, que elimina cualquier acercamiento simple hacia la cultura visual.

Català nos concede, así, una versión extraordinaria y profunda de la imagen al tomarla seriamente como superficie, materia y texto. Por ello, el autor detesta las posiciones desubjetivizadoras de muchas cámaras de pretendido espíritu documental que se rinden a una ansiada conexión con la realidad bajo el régimen de la transparencia. Estas tan solo contribuyen a atrofiar la imaginación y a crear discursos pobres que al creer estar del lado de la verdad amenazan con imponerse como paradigma, o dicho con menos eufemismos, como dictadura. Por ello, El murmullo de las imágenes desactiva cualquier inmediatez de los silogismos a través de la afilada agudeza de una labia de gran puntería retórica y una constante teórica aplicada.

Quien haya leído a Català con exclusivas pretensiones de cita ya habrá advertido que su discurso no es fácilmente recortable, ni siquiera resumible. No conviene separarlo de su trayectoria argumental, pues requiere de todas sus partes. No intenten citar a Català sin atravesar todo su texto. No nos engañemos, el lector de este libro debe tener paciencia y ser valiente, como el espectador de 2001: Una odisea en el espacio. El libro no es informativo y, por ello, tiende delicadamente una emboscada para los que buscan saber lo ya conocido pues no se acerca a ningún sentido de los comunes. Si se acerca, en todo caso, es para comprometerlos. A veces al lector le conviene acelerar la lectura a sabiendas de que, por su riqueza, le obligará a volver sobre él. Y es que hay ideas que no pueden explicarse directa y claramente, porque, sencillamente, no lo son. El texto abre, pues, una complejidad necesaria. De hecho, el significante de lo complejo es un significante que viene años acompañando el pensamiento de Català. La complejidad se debe no solo a que estudia la imagen en su dimensión literalmente más compleja, sino a que se atreve a indagar en todas las consecuencias de estas.

Por ello, como Kubrick, el autor se concede espacio y tiempo, tomando distancia e independencia con los límites que la ritualidad académica impone a las publicaciones, exigiendo la mayoría de las veces, un discurso cortado, que sirve muchas veces como tonta excusa para el pensamiento débil. Mérito de esta libertad es de la propia colección [encuadre] de Shangrila que dirige Francisco Javier Gómez Tarín. Los corchetes que encierran su logotipo no solo destilan visualmente el concepto al que hace referencia sino a la permisividad de la propia editorial para con los autores: una escritura apasionada que permite entrever la primera persona. Esos corchetes señala, pues, cierta excepción y distinción en un sector editorial que cada vez se rinde más a criterios económicos y de utilidad. El murmullo de las imágenes. Imaginación, documental y silencio es un alegato por el pensamiento y, por ello, no utiliza una metodología científica. Es un libro que, aunque riguroso y ayudado por otros teóricos, decide prescindir de expertos. Esto, hoy, es una deliciosa y elegante invitación a la sabiduría.



Martin Lewis