29.10.12

IV. "SOMBRAS DESOLADAS. COSTUMBRISMO, HUMOR, MELANCOLÍA Y REFLEXIVIDAD EN EL CINE ESPAÑOL DE LOS AÑOS CUARENTA, José Luis Castro de Paz, Hispanoscope libros, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2012





Carlos Arévalo


Rojo y negro, Carlos Arévalo, 1942


(...) pese a la tópica consideración crítica de la existencia de un cine fascista en la primera hora del régimen, este apenas llegó a producirse realmente y no pasó de preliminares intentos, como demuestran los reiterados, progresivamente decepcionados y cada vez más apremiantes llamamientos y consignas emanados de los órganos rectores cinematográficos, controlados en esos momentos, como ya indicamos, por cuadros de extracción falangista. Hubo, desde luego, determinadas películas fascistas, cuya finalidad eminentemente propagandística se cifraba en la exaltación del ejército y, más en abstracto, de unos peculiares y universales valores castrenses, así como otros títulos que trataban de justificar, por medio de diversas operaciones textuales, la sublevación militar franquista contra la legalidad republicana.

Entre las películas destinadas a justificar el levantamiento militar –tras los inaugurales ejemplos rodados en Roma: Frente de Madrid (Edgar Neville, 1939) y Sin novedad en el Alcázar (Augusto Genina, 1940)–, dos propuestas diferentes (luego no continuadas) se ofrecen al espectador en los primeros años de la década: Raza y Rojo y negro. (...)

Perdida [Rojo y negro] durante más de cuarenta años y –como vimos– apresuradamente convertida por la historiografía en ejemplo de la radicalidad y arbitrariedad de la censura, su visionado ha permitido comprobar la extraordinaria densidad discursiva de un texto netamente falangista, cuyos hallazgos visuales y su extremo y violento vanguardismo formal lo convierten en el tipo de cine que, a buen seguro, habrían deseado ciertos sectores revolucionarios y progresistas dentro de Falange, antes de su definitiva domesticación por parte del régimen.  Escrita y dirigida por Arévalo un año después de ¡Harka!, adopta un enfático formato de proclama que, adaptando los mecanismos dialécticos del montaje intelectual de Sergei M. Eisenstein –e incorporando incluso imágenes de los funerales de Vakulinchuk y de la escalinata de Odessa de El acorazado Potemkin (Bronenosets Potemkin, Sergei M. Eisenstein, 1925)– logra dar forma fílmica a la necesidad del alzamiento y, bordeando la más absoluta abstracción metafórica, pone en imágenes el largo texto que, bajo el lema “Historia de una jornada española”,  sirve de inicio y preámbulo a la narración de las valerosas actividades de Luisa (Conchita Montenegro), una militante falangista, idealista y revolucionaria, finalmente asesinada pese al intento de mediación –y al sacrificio final– de su novio republicano (Miguel, interpretado por Ismael Merlo), en un Madrid ocupado por marxistas embrutecidos y deshumanizados.

Si Juan Miguel Company ya había advertido en el anterior filme de Arévalo un uso de la planificación y el montaje que sacrificaba con frecuencia la “ley del eje” en beneficio de la elaboración visual de un héroe mítico, tal proceso de brutalmente visible discursivización de la imagen va a llegar en Rojo y negro a un insuperable y digitalizador paroxismo que, en cierto sentido, toma como modelo la emblemática cinta de propaganda salazarista A Revoluçao de Maio (António Lopes Ribeiro, 1937), con la que presenta estrechos parentescos formales. Llevando hasta las últimas consecuencias las tempranas consignas a través de las cuales Bartolomé Mostaza abogaba en 1940,  desde las páginas de Primer Plano –y recurriendo directamente a 
El acorazado Potemkin y los propagandísticos documentales de la U.F.A. como ejemplos paradigmáticos–, por un cine capaz de “fascinar (...) los ojos primero, y el alma, después, de millones de jóvenes”, y asesorado por José María Alfaro –escritor, poeta, falangista de primera hora, coautor del Cara al sol, miembro de la primera Junta Nacional tras el nombramiento de José Antonio como Jefe único, responsable de la Subsecretaría de Prensa y Propaganda del Ministerio de la Gobernación de agosto de 1939 a octubre de 1940, próximo al grupo de Dionisio Ridruejo y posterior director de la revista Vértice–, posible autor del ya citado y retórico texto introductorio que prologa el filme, Arévalo muestra desde los mismos créditos su extrema voluntad metaforizante. (...)



(Del capítulo 2: ¿Un cine fascista?)
















Rojo y negro, Carlos Arévalo, 1942


    SOMBRAS DESOLADAS
    COSTUMBRISMO, HUMOR, MELANCOLÍA Y
    REFLEXIVIDAD EN EL CINE ESPAÑOL DE LOS AÑOS CUARENTA
     

    José Luis Castro de Paz

    17x25cm. - 376 páginas
    Encuadernación rústica con solapas
    620 imágenes (600 capturas de fotogramas)



    ISBN: 978-84-939366-6-2
    PVP: 18.00 euros


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