28.10.12

III. "SOMBRAS DESOLADAS. COSTUMBRISMO, HUMOR, MELANCOLÍA Y REFLEXIVIDAD EN EL CINE ESPAÑOL DE LOS AÑOS CUARENTA, José Luis Castro de Paz, Hispanoscope libros, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2012





Es ya casi un lugar común referirse a los años cuarenta como “los años del hambre”. Si la situación de miseria en que España queda sumida resulta, en principio, consecuencia inevitable de la Guerra Civil y del inmediato estallido del conflicto mundial, la duración de la misma es directamente achacable a la imposible política autárquica puesta en marcha por la dictadura. Pese a que Franco se miraba orgulloso en el espejo de las potencias del Eje, carecía de los recursos de aquellas, y la improvisada y arbitraria programación económica entorpecía aún más cualquier atisbo de posible eficacia. Es sobre todo en el terreno de la alimentación donde el utópico sistema descubre más dolorosamente sus carencias, convirtiendo el hambre en insoportable y obligatoria forma de recuerdo de las desgracias del inmediato pasado. El constante incremento de los precios y el estancamiento de los salarios traen consigo, como inevitable consecuencia, un acusado descenso del nivel de vida de la población y activan un sórdido mercado negro. La miseria y la desnutrición alcanzan a elevadísimos porcentajes de la sociedad y el comercio ilegal favorece todo tipo de estafas y fraudes, desde las mermas en las cantidades a la adulteración de los productos. Pese a lo conocido de tal situación, sobrecoge saber que en los cinco años que siguen a 1939 se produjeron en torno a 200.000 muertes más debidas a desnutrición o enfermedades que las ocurridas en los años anteriores a la guerra.

Todo este sufrimiento era, para Franco, consecuencia en gran medida de la apostasía política y espiritual de la mitad de la nación y, para limpiar esa culpa, el dictador, lejos de iniciar política alguna de reconciliación, va a poner en marcha la aplicación de forma rigurosa de todos los instrumentos legislativos diseñados para la represión. Por si fueran pocos los principios de derecho conculcados por la justicia franquista, la presunción de inocencia simplemente no existía, siendo de manera sistemática considerados culpables todos los que tuviesen algo que ver con el anterior régimen mientras no pudiesen demostrar su inocencia y candidatos, por tanto, al inevitable consejo de guerra. En la Nueva España la represión se convierte en elemento de legitimación y cohesión, ya que en la acción represiva se iban a ver implicados de manera directa o indirecta todos los sectores que constituían el “bando nacional”. Unido a lo anterior y desde un criterio puramente ideológico, el vencido era entendido y definido como la anti-España, enemigo de la patria, y su única posible reintegración –pues la eliminación total era imposible– pasaba por la expiación de culpas políticas colectivas, bajo la directa influencia e inspiración del pensamiento integrista católico, que se traduce en una importante participación de la iglesia nacional en el diseño de los aparatos represivos.

En este contexto, la administración –intentando en cierto modo seguir los modelos cinematográficos de la Alemania nazi y de la Italia fascista– va a pensar en el cine como un arma moderna y muy poderosa de cara a influir en la sociedad y transformarla en función de sus objetivos políticos. Falange –de enorme peso en los inicios del régimen y que tiene a su cargo la que podría denominarse revista oficial de cinematografía, Primer Plano– y la Iglesia, decidida no solo a frenar posibles excesos, sino incluso a proteger y propiciar filmes que defendiesen y divulgasen los postulados católicos de la vida; el interés personal del propio general Franco por el cine y su convencimiento de que se trataba de un sector fundamental que la producción nacional habría de autoabastecer para colaborar a la nivelación de la balanza de pagos y el consiguiente y repentino entusiasmo de un capital bancario hasta entonces bien reacio a participar en la industria del cine, pero capaz ahora de considerar secundario el beneficio económico frente a la prioritaria necesidad de desarrollar un cine nacional ante la perniciosa influencia de ciertas cinematografías extranjeras, liberales y democráticas; estos son los principales factores que, de acuerdo con Felix Fanés, deben tenerse en cuenta para comprender por qué, por vez primera en la historia de España, la administración interviene decididamente en el cine.

Y son también, por tanto, las circunstancias que explican cómo en el calamitoso estado de un país asolado por la Guerra, herido y hambriento, se produzca el resurgir de la industria cinematográfica española. Resurgir, por cierto, de enorme fuerza y pujanza, bajo los auspicios del nuevo estado que va a la vez a reprimir y proteger, controlar y estimular, por medio de una compleja red de normas y leyes, a la industria cinematográfica. Control y censura, pues, por un lado; estímulos y ayudas a la iniciativa privada, por otro.

Represión y protección que –ejes vertebradores de la política cinematográfica franquista– que tomarán cuerpo en un enrevesado conjunto de normas y medidas, constituyéndose un complejo entramado burocrático del que forman parte diversos ministerios, pero también sindicatos y organismos falangistas, militares y eclesiásticos, y cuya gestión y orientación –a falta de unos criterios sobre lo que estaba o no prohibido, que no se conocerían oficialmente hasta 1962– fluctuarán durante la década al compás de los avatares del régimen y, en directa relación, de los cambios de la situación internacional. (...)



(Del capítulo 1: La administración y el cine después de la Guerra Civil)


    SOMBRAS DESOLADAS
    COSTUMBRISMO, HUMOR, MELANCOLÍA Y
    REFLEXIVIDAD EN EL CINE ESPAÑOL DE LOS AÑOS CUARENTA
     

    José Luis Castro de Paz

    17x25cm. - 376 páginas
    Encuadernación rústica con solapas
    620 imágenes (600 capturas de fotogramas)



    ISBN: 978-84-939366-6-2
    PVP: 18.00 euros


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